Educar para el fracaso: El marxismo cultural

Siempre que se plantean problemas serios de convivencia, hay que revisar la educación, porque ella nos forma como ciudadanos y marca la manera en que nos manejamos con las reglas de convivencia.
El neurólogo Facundo Manes trabajó sobre la percepción que tienen los jóvenes sobre las herramientas de ascenso social y explica que los estudiantes del primer mundo vinculan el ascenso social a la educación.
En varios países de Latinoamérica solo el 5% de ellos cree que la movilidad social se consigue a través de la educación. Interrogados estos jóvenes declaran que optaran por la corrupción, el futbol, la fama y hasta el tráfico de drogas a la hora de fabricarse un buen futuro.
Concluye Manes que el problema está en la educación que reciben. También nos dice que más importante que el coeficiente intelectual, es la actitud y la actitud, también se aprende.
Revisando las características de los docentes de hace 50 años, que infundían respeto, admiración y esperanza a niños y padres, hoy vemos casos de docentes agredidos por alumnos o padres, y esto no es un hecho aislado. La maestra o el profesor supieron ser referentes cuya opinión era siempre valorada, aun en ocasiones en que la temática excedía las aulas.
Hoy es común ver a muchos docentes malhumorados, quejándose de todo y reclamando soluciones sin plantear una.
Ellos son parte importante del problema.
Por eso no solo hay que revisar la currícula – resulta anacrónico enseñar física hablando de poleas y cintas en la era de los resonantes magnéticos- Hay que revisar la actitud de los docentes, si pretendemos obtener resultados diferentes.
Hace un siglo Ortega y Gasset decía que el ser humano no es un participio sino un gerundio, se va haciendo con el tiempo. Hoy la neuro ciencia le dio la razón, la inteligencia no es una tabula rasa si no que se estimula durante toda la vida.
Creo que un hito importante en esa decadencia está en ese enorme vacío que dejó el abandono de la filosofía cristiana en las aulas.
En ellas se cultivaba al niño para ser virtuoso bajo la dirección invisible de un “impulsor principal”: Dios.

Pasamos a un «racionalismo laico», que prontamente fue arrollado por el marxismo cultural, entonces ese “impulsor principal” se colocó en las fuerzas materiales de producción y comenzó la debacle.
No estoy hablando de un enfoque religioso ante la vida, sino filosófico.En esa transición ha quedado un vacío y ya no se trata de educar seres virtuosos para agradar al ser superior o al prójimo. Se trata de educar para la lucha contra el otro, educar para destruir a la burguesía en beneficio de “las fuerzas de producción”.

Es en ese momento que comienza a plasmarse en los hechos la teoría de Antonio Gramsci, convencido que la revolución violenta no era la manera de implantar las ideas de Marx y que no era importante obtener el gobierno, bastaba con infiltrar la educación para tener el poder, porque el gobierno llegaría más tarde.
Establecida la lucha de clases, el individuo se licua en el campo de batalla. Nace una dicotomía bélica que ha permeado a toda la sociedad y queda patente en los llamados “colectivos” que, tras la reivindicación de derechos se enrolan en violentas batallas que ordena a los ciudadanos en tribus que pugnan por la supremacía.
Se establece un enemigo que ha ido cambiando: el señor feudal, el capitalista, el hombre o el heterosexual. No importa cual, debe haber un enemigo en el que depositar el rencor y las responsabilidades de los males personales y sociales.  Esto da como resultado ciudadanos rencorosos, incapaces de hacerse responsables de sus actos y limitados a la hora de vivir razonablemente. Entonces, resulta imposible obtener buenos resultados educando para la confrontación y la lucha de unos contra otros.
La neurociencia ha probado la importancia de narrar hacia lo positivo en las aulas y, sin embargo, tenemos generaciones enteras educadas en ese discurso confrontativo.
Al día de hoy circulan entre los docentes de la región cuadernillos que proponen avanzar en una estrategia marxista de lucha contra la escuela burguesa. Incluso se exalta el papel negativo de la educación capitalista apelando a vetustos escritos de Lenin y Trotsky.
Sabemos cómo terminaron los países que llevaron a la práctica ese modelo y, sin embargo, en las aulas sigue imperando las obsoletas premisas esgrimida por lo que se llamó «frente cultural rojo».
Nace así la intolerancia violenta, los docentes que viven rumiando hacia el pasado y buscando explicaciones en teorías fracasadas.
Se generaliza en las aulas el efecto Golem, o efecto Pigmalión Negativo, que consiste en poner expectativas muy bajas sobre el estudiante porque el mal y el bien se originan en el afuera, lo que ineludiblemente conduce a un mal desempeño general.
Así vemos como los docentes pueden llegar a condicionar a los alumnos limitando su potencial. Imposible formar para el futuro y darle alas a los más jóvenes cuando se ha hecho de la lucha la esencia de toda acción humana. Lamentablemente se ha ido eliminando el efecto Pigmalión para establecer el efecto Golem, ciudadanos incapaces de construirse un futuro digno.
Recomiendo los trabajos de los científicos Jacobson y Rosenthal sobre el fenómeno «la profecía autocumplida».

Los mismos explican cómo, de forma consciente o no, muchos profesores clasifican a sus alumnos; este hecho influye en el rendimiento de los mismos pues facilitan la puesta en marcha de comportamientos para que sus “predicciones” iniciales se cumplan.
Si no cambiamos la actitud docente, seguiremos educando para el fracaso.

Mercedes Vigil

 

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