12:34pm. Los pasos que se sienten fuera de mi
dormitorio me despiertan. Trato de volver al sueño
pero la luz que se cuela por mi ventana hace que
pestañé varias veces hasta despabilarme del todo.
Estaba descansando. “No tengo que cumplir
horario hoy”, pensé.
No soy nurse, ni bombero, y tampoco tengo que
cubrir a nadie. Tampoco soy médico, ni policía de
turno y no trabajo en ningún tipo de servicio.
Nadie necesita de mi hoy. Hoy puedo descansar.
Hoy, sábado 1ro. De mayo, es mi día.
Hubiera sido genial que cayera viernes, pero no,
sábado. Pareciera que los feriados conspiran contra
todos, contra mí.
Me incorporé de la cama con el menor esfuerzo
posible y abrí la persiana. Una luz brillante y tibia
irrumpió en mi habitación. Todo cuanto hay en ella
se vio iluminado.
Traté de contarlas pero no encontré una sola nube.
Un día perfecto.
Aire tibio y hojas cayendo de los árboles de mi
calle hacían un marco inspirador. Y entonces me
levanté.
Nada vagaba por mi mente. Hoy no me
preocuparía por nada y fue justo ahí cuando el olor
a leña quemada se impregnó. En mi nariz, en mi
ropa, en mi mente. Así como un ancla, como una
idea, el olor a leña quemada me recordaba a un
posible y casi seguro Asado en puerta. A lo lejos se
escuchaba What a wonderful world de Louis
Armstrong, seguramente mi hermano había dejado
la PC encendida.
En la cocina me lo crucé. No me dijo ¡Buen Día!
Pero me regaló esa mirada cómplice que entiende
solo quien tiene hermanos, y a mí me alcanzó.
“Estamos en el fondo”, me llegó a decir y su
cuerpo desapareció tras la puerta.
Tomé un vaso de agua y busqué un incienso.
Aprovecharía que mi padre no está dentro para
“armonizar” la casa. No le gustan los inciensos.